La Paz · 3.500 msnm
Lago Titicaca
El lago navegable más alto del mundo — y uno de los paisajes más bellos que he tenido la suerte de ver.
Primer vistazo
Cómo llegar
Son las siete de la mañana en Sopocachi, en La Paz, y el vapor de un mate de coca todavía sube de la taza. En una ciudad a 3.600 metros, el día tarda en arrancar — y sin embargo, en la terraza del Casa Fusión Hotel, alguien ya está pensando en el Titicaca.
"Le pregunté al camarero qué opciones tenía", cuenta, "y me dijo que en diez minutos podía venir un transporte privado a buscarme, por cien dólares, para recorrer todo el lago y Copacabana." Había alternativas más baratas — un bus, un microbús —, pero la posibilidad de parar donde quisiera, con el vuelo de vuelta a España ya contando los días, pesaba más que el presupuesto. Hay quien paga ese dinero por ver un partido de fútbol.
La carretera que sale de La Paz se abre paso entre mercados callejeros antes de calmarse: asfalto en buen estado, poco tráfico, vacas y pasto a los lados. Y entonces, sin aviso previo, el lago. Recuerda, dice, a ciertos tramos de la costa cantábrica — solo que en calma. No es una comparación caprichosa: el Titicaca es el lago navegable más alto del mundo, a unos 3.500 metros sobre el nivel del mar, y desde la carretera impone como solo impone el mar.
Un lago que parece mar, pero en calma.
El cruce del Estrecho de Tiquina
Hay un punto en el camino donde la carretera, simplemente, se acaba. No hay puente ni túnel: el coche sube a una barcaza de madera y cruza así, flotando, el Estrecho de Tiquina. Es la única manera de pasar.
En la espera se forma una fila improvisada de vehículos varados sobre el agua: un autobús entero —este de la foto, con un "Confía en Dios" pintado en la parte trasera, como si el propio vehículo necesitara el aviso— y una camioneta blindada de las que recogen dinero de los bancos. "Imagínate que se hunde una de esas", dice, entre risas. "Menudo notición."
Al otro lado, la carretera cambia de carácter: curvas cerradas, pinos a ambos lados, y al final de todo, el letrero de Copacabana, con el pueblo entero desplegado en el valle — colorido, a orillas del lago, con sus callejuelas, sus comercios y sus restaurantes. De eso va la guía de Copacabana.
Un segundo para mirar
Hay un punto en la colina donde el camino se corta y ya no queda más que sentarse. No hay olas. No hay ruido de mar, esa respiración constante que uno da por hecha frente al agua. Solo el Titicaca, quieto, extendiéndose hasta donde la vista deja de distinguir el agua del cielo.
"Es como un mar de agua dulce, pero sin olas", cuenta. "Ahí sentado no piensas en nada — solo miras." Un segundo que se estira más de lo que dura, la clase de calma que cuesta encontrar incluso de viaje.
El embarcadero
Camino y pueblos de la orilla
La carretera que bordea el lago es tranquila y está en buen estado — poco tráfico, curvas suaves, el agua siempre asomando a un lado. Va conectando pequeños pueblos de pescadores, cada uno con su propia hilera de lanchas de colores amarradas a la orilla.